Thursday, 23 July 2009

A Splendid Little War

Lorenzo Meyer is a professor at El Colegio de Mexico, and one of the finest op-ed commentators writing in the Spanish language. His columns appear in the Mexican daily Reforma, which unfortunately requires a subscription to access ($$$$).
Fortunately, many of his analyses appear in other newspapers in Mexico, and a column published in Noroeste.com.mx on July 23, 209 (http://www.noroeste.com.mx/opinion.php?id_seccion=104) is not to be missed.
He argues that for 34 years, the United States the United States has successfully maintained a policy which serves the US but not Mexico. Its unilateral imposition of Operation Intercept (1969) forced Mexico into accepting the US position that the only way to deal with drugs was to eradicate the crops and increase the penalties for trafficking. The US supplied the hardware and resources for this and Mexico supplied the bodies. Meyer argues that its time for Mexico to consider what policies serve it best, and only then to see how these policies converge with those of the US.

LORENZO MEYER

Análisis: Agenda ciudadana

"El enfoque original de la ´guerra contra el narcotráfico´ fue norteamericano. ¿No sería útil uno mexicano?"

La pequeña guerra que creció

El principio.

Actualmente, tanto el discurso oficial como las crónicas sobre el conflicto entre el Estado mexicano y las organizaciones de narcotraficantes, se refieren al mismo como una guerra.

Si por ésta se entiende un estado de hostilidad intensa entre fuerzas opuestas, entonces se debe concluir que hace tiempo nuestro país es escenario de una guerra entre las instituciones de Gobierno, Ejército, armada y policías, y los cárteles de la droga.

Generalmente es posible saber cuándo y por qué se inician las guerras. Una peculiaridad de este caso es que resulta difícil fijar con precisión la fecha en que una mera serie de operaciones rutinarias de la autoridad contra productores y traficantes de sustancias prohibidas se transformó en una guerra que, en su última fase, los 32 meses del Gobierno de Felipe Calderón, ya ha cobrado la vida de más de 12 mil mexicanos.

El inicio.

En el inicio, la naturaleza y característica de la lucha fueron determinadas por Estados Unidos, cuya presión dio origen a la convocatoria para formar una Comisión del Opio en Shanghai en 1909 y a la Convención Internacional del Opio celebrada en La Haya en 1912. Ahí, 11 gobiernos acordaron prohibir el comercio del opio, la cocaína y la heroína.

En realidad, Inglaterra y Francia habían creado el problema que pretendían resolver con ilegalizar lo que antes habían fomentado al obligar a China a comprar y consumir opio a lo largo del Siglo 19, un comercio del que también se benefició Estados Unidos.

Sin embargo, al inicio del siglo pasado, esas potencias se alarmaron al comprobar que su codicia había dado vida a un monstruo dentro de ellas mismas.

Hoy la lucha sigue sin que ninguna autoridad nacional o internacional haya atinado a resolver realmente un problema que ya es universal.

México.

Hasta los 1960 la producción, consumo y comercio de las drogas prohibidas, que ya incluían la marihuana, era un problema menor entre nosotros.

La exportación de drogas al mercado norteamericano era una operación modesta, básicamente en manos norteamericanas.

El carácter actual del problema se inició en los 1970; cuando México, empujado por el Gobierno de Washington y sin darse cuenta del tipo de conflicto en el que entraba, inició "la guerra".

Froylán Enciso, un estudioso del tema, ha calificado lo que sucedió a partir de entonces como "la fundación de una cultura y un estilo de vida que, con el tiempo, mermó la imagen del Gobierno mexicano", "Drogas, narcotráfico y política en México: protocolo de hipocresía" en Una historia contemporánea de México, T. 4, pp. 183-245.

En México, ha sido siempre la presión norteamericana la que ha marcado el ritmo e intensidad con que se ha desarrollado la guerra contra el narcotráfico.

Ante el incremento en el consumo de drogas en los Estados Unidos, en junio de 1969, México se comprometió con su vecino del norte a combatir el "problema global de las drogas".

Pero, como Washington no pudo resistir explotar la ocasión, de manera políticamente espectacular y absolutamente unilateral, en septiembre puso en marcha la "Operación Intercepción", OI, que, con el pretexto de interceptar las drogas provenientes de México, dislocó la vida de la frontera común y humilló a un Gobierno particularmente cooperador con Estados Unidos: el de Gustavo Díaz Ordaz.

Lo que la OI buscó fue dejar en claro que la raíz de la drogadicción estaba en sistemas políticos como el mexicano, que por su ineptitud y corrupción, no detenían la producción y el tráfico de los estupefacientes que corrompían a la juventud norteamericana.

El inicio de una "espléndida pequeña guerra".

"A splendid little war" llamó John Milton Hay, entonces Secretario de Estado, a la guerra que libró Estados Unidos contra España en 1898.

A juzgar por los propios documentos norteamericanos, en Washington quisieron creer que algo similar tendría lugar en México si se obligaba a su Gobierno a resolver por la vía de la acción armada el problema que presentaba la producción de mariguana y cocaína para el mercado norteamericano.

El 15 de agosto de 1975, se presentó un reporte interno del Gobierno norteamericano sobre la oferta de heroína elaborado para la Drug Review Task Force, Declassified Documents Reference System, N° CK3100097267.

México, aseguró ese documento, era ya la fuente principal de heroína, 77 por ciento para el mercado norteamericano al punto que ya había sustituido a la "conexión franco-turca" en ese campo.

Hacía ya 30 años que México cultivaba amapola y procesaba la heroína para el mercado estadounidense, por eso pudo sustituir a los proveedores asiáticos y franceses.

Ya en 1947, las agencias norteamericanas habían detectado la existencia de 10 mil campos de amapola al norte de Culiacán.

Sin embargo, por mucho tiempo la tarea de localización y destrucción de esos plantíos nunca estuvo a la altura de la extensión del problema, en los 1950 apenas se destruyeron anualmente entre 40 y 80 hectáreas de amapola y en el decenio siguiente 400.

Y es que en los 1960 sólo se habían empleado en la tarea de localización de plantíos dos helicópteros y tres aviones ligeros.

En un memorándum elaborado cuatro meses antes, el 15 de abril de 1975, Declassified Documents Reference System, N° CK3100112800, el Departamento de Estado ya había señalado el camino a la "solución final" del problema.

Partía del supuesto que, pese a la tensión causada, la "Operación Intercepción" había valido la pena porque México ya "estaba siguiendo un vigoroso programa de destrucción de narcótico".

El resultado final del programa dependía simplemente de poder transportar "a tiempo" a los policías federales y efectivos del ejército que debían destruir los plantíos de amapola y mariguana.

A la Embajada realmente le entusiasmaba que el Gobierno mexicano estuviera dispuesto a instalar retenes en los caminos de las zonas productoras e imponer penas de cárcel no menores a cinco años a los acusados de narcotráfico.

Lo mejor de todo, según tan optimista informe, era que el vecino del sur destinaba ya ¡24 millones de dólares anuales en el programa de erradicación! aunque para la otra cara del problema, la prevención y tratamiento de adictos mexicano, apenas se gastarían 1.6 millones de dólares.

Obviamente las prioridades en la materia eran más norteamericanas que mexicanas.

Desde la esperanzada perspectiva que hace 34 años dominaba en Washington, el obstáculo a superar para que un México cooperador dejara de ser el proveedor creciente de "substancias narcóticas ilegales" para el mercado norteamericano, era algo realmente sencillo: acabar con "la insuficiencia de material y personal entrenado [para usarlo] en México". Era ahí donde debía entrar la "ayuda" norteamericana.

Los documentos citados implicaban que la estrategia básica, identificación, destrucción del cultivo y cárcel para los responsables, consistía en que México pondría a los combatientes y Estados Unidos los aparatos.

Por otra parte, apenas si hubo una mención sobre qué hacer con los campesinos implicados en la economía de la producción de drogas y ésta consistió en recomendar algo tan simple como irreal: un programa educativo para alentar la sustitución de ¡amapola por frijoles y maíz!

Obviamente una recomendación de esa naturaleza sólo buscaba llenar el expediente pues la estrategia real se basaba en el unilateralismo: si lo básico era poner fin a la oferta, el camino más simple y directo era el de la fuerza.

Cómo se iba a resolver en México el problema de cambiar la economía campesina de la amapola y la marihuana por la del maíz y el frijol, era algo que realmente a Washington no le importaba.

Una solución que no lo fue.

Para 1975 Estados Unidos creyó haber encontrado la manera de terminar con el narcotráfico mexicano por la vía de la mera intensificación de la destrucción de plantíos y aumento de las penas a los infractores.

Desde entonces han transcurrido más de 30 años y la estrategia sigue siendo básicamente la misma, la diseñada por Washington, pero el problema no se ha resuelto.

La "espléndida pequeña guerra" imaginada hace 34 años se ha convertido en un fracaso interminable que obliga a repensar el problema desde una perspectiva más compleja y realista por lo que se refiere a la ética, a las economías del consumo y producción de lo prohibido y a las debilidades institucionales de los gobiernos involucrados.

Primero se deben identificar las estrategias que cuadren a los intereses de México como nación y sistema político, independientemente de lo que convenga a Estados Unidos.

Después, y sólo después, se tendría que negociar la fórmula que hiciera compatibles esos intereses nuestros con los de la gran potencia.

“The original focus of the war against narcotraffic was American. Wouldn’t a Mexican one be useful?:

The little war that spread

The beginning

In reality, much of the official discourse and public documents about the conflict between Mexican State and narcotrafficking organizations, refers to it as a war.

If by that we think of a state of intense hostility between opposing forces, then we must conclude that our country has been scene of a war between institutions of the government, army, navy and police, and the drug cartels for a long time.

Broadly, it’s possible to know when and why these wars started! One peculiarity in this case is that it’s difficult to precisely identify the date when routine official operations against producers and traffickers of prohibited substances actually became the war, one which in its latest phase— the 32 months of Felipe Calderon’s government— has cost the lives of more than 12,000 Mexicans.

The start

At the beginning, the nature and characteristic of the battle were established by the United States, whose demands underlay the call to form the 1909 Shanghai Opium Commission and 1912 International Opium Convention taking place in the Hague. There, 11 governments agreed to ban the sale of opium, cocaine and heroin.

Actually, England and France had created the problem that they hoped to fix by making illegal the opium that they had formerly pressed China to buy throughout the 19th century — a business that also benefitted the United States.

In spite of this, at the beginning of the last century, these powers became alarmed when their avarice had given birth to a monster in their midst.

Today, the fight continues without any national or international authority taking the lead to resolve what is really a universal problem.

Mexico

Until, the 1960’s, the production,consumption and sale of prohibited drugs, what now also included marijuana, was a minor problem between us.

The exportation of drugs into the American market was a modest proposition, basically in the hands of Americans.

The real nature of the problem began in the 1970’s; that’s when Mexico, pressured by the government in Washington and without taking into account the type of conflict which they entered, began “the war”.

Froylán Enciso, who has closely examined these themes, classifies what happened then as “the foundation of a culture and style of life that, over time, muddled the image of the Mexican government”, “Drugs, narcotraffic and politics in Mexico: protocols and hypocrisy” in a Contemporary History of Mexico, T. 4, pp. 183-245.

In Mexico, there’s always been American pressure marking the rhythm and intensity of how the war against drugs has unfolded.

Faced with the increase in consumption of drugs in the United Sates, in June of 1969, Mexico jointly committed itself with its northern neighbour to combat “the global problem of drugs”.

But, Washington couldn’t resist the exploitation of this event, and in a politically spectacular and absolutely unilateral manner, put “Operation Intercept” into place in September; OI, which under the pretext of intercepting drugs coming from Mexico, disrupted life along the border and humiliated a government that was inclined to cooperate fully with the United States — that of Gustavo Diaz Ordaz.

That which OI wanted to make clear was that the root of drug-addiction lay in political systems like that in Mexico, which because of its ineptitude and corruption, wouldn’t stop the production and trafficking of drugs that were corrupting the youth of America.

The start of a “splendid little war”.

“A splendid little war” is what then Secretary of State John Milton Hay called the war which the United States began against Spain in 1898.

To judge by its own official documents, Washington believed that something similar would take place in Mexico if it demanded that its government undertake an armed intervention against the threat that marijuana and cocaine production represented for the American market.

On August 15, 1975, an internal American government document presented details about the supply of heroin to the Drug Review Trask Force (Declassified Documents Reference System, No. CK3100097267)

Mexico, had become the principle source of heroin according to this report — 77% of the American market— to the point of replacing the French-Turk connection in this field.

For about 30 years, Mexico had been growing poppies and processing heroin for the American market, and that’s how it was able to replace the Asian and French suppliers.

As long ago as 1947, American agencies had detected the existence of 10,000 fields of poppies north of Culiacán.

In spite of this, for most of the time the task of finding and destroying poppy fields never was seen as a priority, and in the 1950’s on a mere 40 to 80 hectares of poppies were eradicated on the average, and in the 1960’s only about 400.

And it’s also true that in the 1960’s, only 2 helicopters and 3 light aircraft were employed in the search for poppy fields.

In a memorandum produced four months before April 15, 1975 (Declassified Documents No. CK3100112800), the Department of State had signaled the path to the “ultimate solution to the problem”

Part of the assumption was that, in spite of the tension it created, Operation Intercept had been worth the pain because Mexico was now “pursuing a vigorous program of narcotic destruction”.

The end result of the program simply depended on the ability to transport “expeditiously” federal police and army personnel to destroy the poppy and marijuana fields.

To the embassy, it was an optimistic sign that the Mexican government had been ready to install roadblocks on the roads in the production zones and to impose minimum jail sentences of 5 years to those accused of narcotrafficking.

And best of all, according to this optimistic report, was that its neighbour to the south had now allocated 24 million dollars annually to the eradication program. This was seen as good news even though there was scarcely 1.6 million dollars allocated to the other side of the problem, the prevention and treatment of Mexican addiction.

Obviously, the priorities in this strategy were more American than Mexican.

In this hopeful view, dominant in Washington for 34 years, the key to getting Mexico to cooperate in halting a growing domination as supplier of “illegal narcotic substances” to the American market, was simple: it came down to “the lack of material and personnel trained to use it in Mexico”. It was there that American aid should be directed.

The previously cited documents imply that the basic strategy, identification, destruction of crops and jail for those responsible and Mexico would supply the combatants and the United States the equipment.

On the other hand, there has scarcely been any mention over what should be done with the farmers involved in drug production, and that which was proposed was something simplistic and surreal: an education program to promote the substitution of poppies with beans and corn.

Obviously, a recommendation of this type only fills a file while the real strategy is based in a unilateral approach: if the basic idea lay in the offer, the simplest and most direct road lay in the force.

How Mexico was going to shift a rural economy based on poppies and marijuana to one based on corn and beans, was not something that concerned Washington.

A solution that wasn’t to be.

By 1975, the United Sates believed it had found the way to end Mexican narcotrafficking by intensifying destruction of crops and increases penalties for offenders.

Since then, 30 years have passed and the strategy continues to be basically the same, that designed by Washington — but the problem has not been resolved.

The “splendid little war” imagined by Washington 34 years ago has transformed into an interminable mess that requires us to rethink the problem from a more complex and realistic perpective based in ethics, economies of consumption and production of illegal goods, and the institutional weaknesses of the governments involved.

First, it’s necessary to identify strategies that balance Mexico’s interests as a nation and political system independently of those that are convenient for the United States.

Afterwards, and only after, can we negotiate a formula that will make our interests compatible with those of that great power.

Translation by J.Creechan

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